Nómades. Colección MAVI en Los Andes y Calle Larga

El Museo de Artes Visuales, MAVI se ha propuesto la misión de mostrar su colección más allá de los muros de su edificio institucional de la calle José Victorino Lastarria, como una forma de acercar al arte contemporáneo chileno a un público descentralizado.

Desde fines de abril y durante mayo 2019, la exposición estuvo en el Centro Cultural de Los Andes, ubicado en calle Maipú 475. Durante julio y agosto 2019, la muestra se trasladó unos pocos kilómetros para quedarse en Calle Larga.

Con más de 25 años de existencia, la colección del museo tiene una historia que se desarrolla a partir de los actos de individuos privados y cuya única justificación es una cuestión de gusto o inclinación personal por determinadas obras, lo que la distingue de la función de las instituciones públicas.

El coleccionista juega un papel esencial en la historia del arte y del gusto, muchas veces como mecenas de artistas o movimientos artísticos que sin su apoyo no hubieran tenido la importancia que tienen.

El museo alberga una colección de arte chileno que va desde los años 60 hasta la actualidad y que es fruto de un caso de coleccionismo y mecenazgo, que establece un particular reticulado dentro del ámbito local: los artistas seleccionados, las obras, la trayectoria de estos dentro del medio nacional conforman una red de relaciones que es revisada desde diferentes ángulos, proponiendo siempre nuevas lecturas.

El gesto de coleccionar está relacionado con la propia biografía, y la colección MAVI es fruto de esta acción: la pasión de los fundadores del museo y su proyección que se ve concretada en la institución que ahora llega al Valle de Aconcagua.

Superman

“Superman” (2009) de PABLO SERRA. Pintura, acrílico sobre tela, 200 x 130 cm

Pablo Serra (1983) es Licenciado en Artes Visuales de la Universidad de Chile. Su obra se desarrolla en pinturas, dibujos, bajorelieves, e impresiones digitales de diversos formatos, donde prima una destreza técnica al servicio de “lo artesanal” de lo pictórico. Esta traición al contenido narrativo se da por la vía de elección de los motivos visuales: modelos de plasticina hechos por niños son traducidos a la matriz de la pintura, con un realismo frontal que antepone la factura y cancela toda expectativa de expresión autoral.

Serra escoge imágenes que remiten a una circulación masiva de la cultura visual. Cotidianas y desauratizadas, las imágenes son reelaboradas pulcra y rigurosamente, por una técnica foto-realista que termina por anular la dimensión de la representación como tal: la pintura hace aparecer el resultado del trabajo pictórico más que el objeto en sí. Retornando en clave irónica a la pregunta originaria de la naturaleza del medio, el artista usa figuras de plasticina hechas por su sobrino de cinco años. Una doble remisión entonces al estado brutal de la plástica. Sobre esto el artista señala: “la superficie de la plasticina evidencia las ‘descargas expresivas’ mediante huellas y muescas indiscriminadas, reforzando la sensación de una motricidad incipiente. A este respecto, mi trabajo pretende conciliar estos extremos y disolverse en ellos: entre el estado primitivo de la plástica, y el desarrollo disciplinado y sistemático del artificio, oscila la coartada que busca legitimar la persistencia del ejercicio de la pintura”.